Biblioteca Popular José A. Guisasola




Tras la apariencia del caos se esconde un orden vívido, frondoso y elusivo (que no participa de las leyes y obsesiones del otro sino que acata, detecta o inventa las propias). Es el que Ana María Shua explora para beneficio de sus lectores en este libro, en breves -y hasta brevísimas- excursiones que multiplican los logros de un arte y un oficio narrativo admirables.

Dividido en doce partes que habilitan, en cada uno de los segmentos de esa esfera, recompensas para las curiosidades más disímiles, Botánica del caos asimila o transmuta experiencias y lecturas, lo cotidiano y lo exótico, dioses y demonios, conjeturas que empiezan a acontecer ante nuestros ojos y hechos que se desvanecen y desgarran en la escritura.

Por medio de un sentido de la elección infalible y una destreza combinatoria que elimina la mecánica convencional y sus hallazgos artificiales, la autora descompone y reconstruye las formas breves -el relato, el apólogo, la fábula- o insinúa sus prolongaciones (reafirmando que el infinito no es una cuestión de tamaño), incorporándoles una radiante luminosidad: el sello de una acuñación exclusiva. En Botánica del caos el lector asiste a un espectáculo continuo que convierte la técnica en la más discreta de las herramientas, a una magia que difunde el encanto de la literatura y acentúa su maravillosa complejidad sin teorizaciones ni alardes. Ingresar en este mundo -y en cada uno de estos mundos- nos conduce directamente a un espacio de lectura atestado de placer, donde la imaginación solícita de Scheherezade y las severas razones de Emmanuel Kant intercambian talismanes y trofeos para que un libro sea lo que siempre deseamos que fuera: un objeto precioso, una fantasía habitable.




Alí Babá

Qué absurda, qué incomprensible me parecía de chica la confusión del hermano de Alí Babá: casi un error técnico, una manifiesta falta de verosimilitud. Encerrado en la cueva de los cuarenta ladrones, ¿cómo era posible que no lograra recordar la fórmula mágica, el simple ábrete-sésamo que le hubiera servido para abrir la puerta, para salvar su vida? Y aquí estoy, tantos años después, en peligro yo misma, tipeando desesperadamente en el tablero de mi computadora, sin recordar la exacta combinación de letras que podría darme acceso a la salvación: ábrete cardamomo, ábrete centeno, ábrete maldita semilla de ajonjolí.




El coleccionista ambicioso

Un hombre ambicioso se propone coleccionarlo todo. Reúne en su casa, convertida en sala de exposiciones, una colección de semillas, otra de objetos encontrados en la calle, otra de agua de la canilla (brotada de diversas canillas, a diversas horas del día). Colecciona pulóveres, pensamientos célebres y banales, boletos de colectivo, hojas de diarios elegidas rigurosamente al azar. Colecciona agujeros, panes, envases de desodorantes vacíos. Cada año se ve obligado a mudarse a una casa más grande y luego cada seis meses. Finalmente comprende que sólo renunciando a toda clasificación podrá obtener la colección más completa, la colección de colecciones. La exhibe en el mundo entero.




Aptitud y vocación

Sufrimos también aquellos que por falta de vocación contrariamos una aptitud natural. Los dedos de mis pies, por ejemplo, tienen el mal hábito del geotropismo, y persisten en crecer hacia abajo, adelgazados sus extremos, hundiéndose en la tierra al menor descuido. El peligro de echar raíces me obliga a permanecer siempre en movimiento, a preferir las caminatas o las carreras sobre el asfalto, a evitar por sobre todas las cosas pisar la tierra húmeda, a dormir boca arriba no más de un par de horas seguidas, aún a riesgo de que tanto ajetreo me haga caer las hojas antes de tiempo y malogre mis frutos, ya de por sí escasos y esmirriados.




El iluso y los incrédulos

Hace calor. En el bar un grupo de hombres miran sin mirar los polvorientos rayos de luz que se filtran a través de la persiana. —Puedo caminar por esos rayos —dice el iluso. Los hombres se ríen y hacen apuestas. El iluso trepa de un salto a uno de los rayos de luz, intenta dar un paso tambaleante y cae. Los incrédulos cobran sus apuestas.




La flor azteca I

Cuando era chica, mi madre conoció a la Flor Azteca, una cabeza de mujer cuyo cuello muy fino cimbreaba en un jarrón. Hacía muecas, guiñaba los ojos, contestaba preguntas y no se consideraba un espectáculo para niños. Sin embargo mi madre no lloró hasta que le explicaron que sólo se trataba de un juego de espejos. Decepcionada pero incrédula, alcanzó a esconderse detrás de unas maderas pintadas. A la madrugada, cuando todos los espectadores se habían ido, salió trabajosamente del jarrón una mujer desnuda, diminuta, enjabonada. Una férula de metal en la base del cuello la ayudaba a sostener la cabeza erguida. “Nomás los chicos se dan cuenta de que esto no es un truco. Por eso no los dejan entrar”, le dijo la Flor Azteca. Y la convidó con un mate. Me parece imposible que mi madre haya sido niña alguna vez.




La flor azteca II

Nada tan simple como reconocer una flor azteca en un sembrado de girasoles. El girasol eleva su corola siguiendo al astro rey. A la flor azteca, en cambio, el sol de frente le hace mal a los ojos.




Flor azteca III

No te preocupes, parece una cabeza de mujer saliendo del jarrón como una flor pero no es, te lo digo yo que trabajo aquí, parecen pétalos sus cabellos, ese cuello que se dobla como un tallo, pero quedate tranquilo, no es una flor cortada, de las que viven poco: hay un truco, hay un juego de espejos, yo lo he visto, parece jarrón pero es maceta con buena tierra negra, no es solamente una flor sino una planta muy fuerte, muy sana, yo la conozco bien, todos los días le riego las raíces, mírenla cómo sonríe, como habla y se menea, vivirá más que nosotros, sin duda más que yo, que ya soy viejo.




El pájaro azul

Un hombre persigue al Pájaro de la Felicidad durante meses y años, a través de nueve montañas y nueve ríos, venciendo endriagos y tentaciones, tolerando llagas y desdichas. Antepone la búsqueda del Pájaro a toda otra ambición, necesidad o deseo. El tiempo pasa y pesa sobre sus hombros pero también el Pájaro envejece, sus plumas se decoloran y ralean. Lo atrapa en un día frío, desgraciado. El hombre es anciano y está hambriento. El pájaro está flaco pero es carne. Le arranca sus plumas todavía azules con cuidado, lo espeta en el asador y se lo come. Se siente satisfecho, brevemente feliz.




La dieta estricta

La dieta estricta, sumamente estricta. Una naranja a la mañana, una gelatina a la tarde, un plato de uvas a la noche. La naranja, frotársela en el pelo, untar la gelatina dietética en la planta de los pies, introducirse las uvas en la oreja, desmenuzar el plato en trozos pequeños, ingerirlo lentamente para que dure más. A partir del tercer día empiezan a crecer las vortlijs en la zona del plexo, se recomienda podarlas en cuaresma.




Los esquimales

Un grupo de esquimales juega a la pelota golpeando con paletillas de morsa una piel de foca rellena de musgo y arcilla. Todos conocen los ciento treinta y dos nombres de la nieve, pero no todos manejan el bate de hueso con la misma habilidad, no todos arponean ballenas con lanzas atadas a vejigas de caribú bien infladas, no todos pueden arrastrar dos focas muertas al mismo tiempo, no todos pueden alzar a un oso por las patas de atrás y revolearlo como si fuera una liebre: algunos sólo saben contar historias. Sin embargo, como cada año hay dos largos meses sin sol, los cazadores comparten con ellos el alimento. No sólo de carne y grasa vive el hombre, sobre todo en la oscuridad.




Abuela no nos cree

- ¿Por qué me sacaron de mi casa? - pregunta mi abuela, los ojos extraviados.
- Esta es tu casa, ¿ves? El empapelado con flores de lis, ¿ves? La colcha con la quemadura de cigarrillo, ¿ves? La cocina verde, con la puerta de la alacena rota, ¿ves?
La abuela no ve y llora con desconsuelo.
- Me trajeron aquí para robarme mi casa.
Pero no fuimos nosotros, quisiera decirle. El tiempo ladrón te trajo aquí, y se quedó con todo.




El joven destinado a ser mi abuelo

Para evitar que lo mandaran a la guerra, el joven destinado a ser mi abuelo se hizo arrancar todos los dientes pero no alcanzó. Entonces se cortó los dedos de la mano derecha pero no fue suficiente. De un hachazo le amputaron media pierna pero todavía no era bastante. Se introdujo un objeto punzante en el oído para provocarse sordera pero lo aprobaron de todos modos. Hasta que al fin se mutiló de modo tal que torció su destino: no lo mandaron a la guerra pero tampoco pudo ser mi abuelo.




Curación

- ¿Le duele acá?
- Sí, me duele mucho.
- ¿Y acá?
- Me duele más.
- ¿Y apretando así?
- ¡Intolerable!
- ¿Y si hago esto?
La respuesta es un grito. El silencio que sigue hace suponer que ya no le duele más.




Actuar la muerte

Un hombre se tiró por el balcón delante de un grupo de amigos. Uno de ellos alcanzó a sujetarlo de una mano. Haciendo un esfuerzo descomunal, el suicida se izó lo suficiente como para morder la mano que lo sostenía y deslizarse definitivamente hacia el vacío. Esto no es un cuento. Este hombre, que era actor, tuvo el valor de luchar por su propia muerte, pero no el de matarse sin espectadores.




Entrar en un cuerpo ajeno

Es posible penetrar un cuerpo ajeno por ingestión o cirugía o posesión o sexo. Quienes deseen salir harán bien antes de ingresar, en proveerse de un buen escalpelo. Algunos cirujanos lo llevan siempre consigo.




Infinito, Eterno, Todopoderoso

"Alá el Infinito, el Eterno, el Todopoderoso", recita el hombre de mucha fe. "Muéstrame al pez que sostiene al toro que sostiene la roca que sostiene al ángel que sostiene las siete bandejas del universo".
En respuesta a su ruego, un ángel del Infinito, del Eterno, del Todopoderoso lo alza sobre la tierra. El hombre alcanza a ver un gran resplandor que mide tres jornadas de extensión. Ese resplandor es sólo la cabeza del pez.
Dice Alá, el Infinito, el Eterno, el Todopoderoso: "Has de saber, hombre, que yo creo cada día cuarenta peces como ése".
Y sólo entonces el hombre de mucha fe se maravilla.
Porque el hombre cree en verdad que Alá es Infinito, Eterno, y Todopoderoso, pero con eso no le basta.




La lucha contra el ángel

Vergüenza de aquel que cree haber luchado con el Ángel y descubre, revisando el cadáver, que acaba de vencer a un asaltante callejero. Por eso es mejor no resistirse tanto, mantener la ilusión, ser derrotado.




En el avión

Hace calor, estamos atados a nuestros asientos, no hay espacio para extender las piernas. Esperamos, contra toda lógica, que el avión levante vuelo, confiamos como niños en que la pesadísima construcción de acero correrá locamente por la pista hasta echarse a volar. Sólo los desconfiados, los intensos, los verdaderamente adultos somos capaces de ver la figura del enorme pájaro rock que toma el avión entre sus garras y nos eleva sobre las nubes de una manera tanto más razonable, más explicable, más sensata.




La desmemoria

Para disimular que ya no los recuerda, evita citar nombres propios. Para disimular que no reconoce las caras, trata a todos los hombres como si fueran sus íntimos amigos. Observa constantemente a los demás imitando con un segundo de atraso sus gestos y sus acciones. Su mundo es frágil, extranjero, desolado, pero tiene, sin embargo, algunas compensaciones. Nadie más puede tomar cada noche a una mujer distinta con la que está casado (dice ella) desde hace veinte años.




Nunca contarlo antes

Un escritor cuenta la idea de un relato que está a punto de escribir. La cuenta en una mesa de café y la idea es buena, el aire se tensa alrededor de las palabras, el relato se hace a tal punto tangible que el humo del cigarrillo no lo atraviesa, las volutas describen su contorno transparente. Pero después, cuando trata de transformarlo en letras, percibe grietas antes ignoradas por donde las palabras se deslizan, hay campos minados, una bruma de rutina invade el texto y los Dioses rechazan la ofrenda de una víctima que ya no es pura, que otros antes que Ellos han gozado.




Fantasmas vegetales

Que los árboles, arbustos y otras especies vegetales también son capaces de sentir miedo, lo prueba el hecho de que existan las plantas fantasmas. Qué objeto tendría, en efecto, la súbita aparición de almas vegetales, su posibilidad de escapar por momentos del Otro Mundo, si sus congéneres no se asustaran de ellas.
Estos ectoplasmas, casi tan silenciosos como lo fueron en vida, emiten apenas un susurro apagado pero constante, como si sus hojas y sus ramas o tallos se entrechocaran suavemente al ritmo de un viento invisible: ningún movimiento agita las copas inmóviles y transparentes. Los fantasmas vegetales sólo pueden ser percibidos por seres de su mismo reino.
Que los hongos, setas y trufas posean asimismo la facultad de atemorizarse, es algo que hasta ahora no ha sido comprobado. Pero se investiga, señores, se investiga.




El jardín de los senderos

Si nunca me extravié en el jardín de los senderos que se bifurcan es porque fui fiel al antiguo proverbio que exige: en la encrucijada, divídete. Sin embargo, a veces me pregunto, la felicidad, ¿no es elegir y perderse?



Fuentes consultadas:

Botánica del caos Texto © 2005 Ana María Shua. Imagen © 2005 María Delia Lozupone.
Publicado y distribuido en forma gratuita por Imaginaria y EducaRed
http://lospuertosgrises.blogia.com/2006/120201-ana-mar-a-shua.php
http://www.enfocarte.com/3.19/relatos.html
http://www.anamariashua.com.ar/botanica_del_caos.html

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